• UN PUESTO DE CINCO ESTRELLAS
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UN PUESTO DE CINCO ESTRELLAS

Nos levantamos no demasiado temprano por la mañana, desayunamos en nuestro sitio favorito de Ratanakiri, pusimos las bicis a punto en un taller y nos lanzamos a la carretera.

La madre de nuestra familia nos había dicho que no había guesthouses hasta un pueblo que estaba a ciento treinta kilómetros, así que pasamos media noche rezando inconscientemente para que la carretera estuviese en buenas condiciones, para que, al menos, tuviésemos una posibilidad de llegar. Deberíamos haber rezado la noche entera…

Los primeros kilómetros nos dieron confianza: el asfalto estaba bien y, aunque había alguna que otra cuesta arriba, no eran muy pronunciadas y solían estar precedidas de cuestas abajo que nos daban impulso para subirlas. El paisaje era alucinante. Había un abanico de colores espectacular, todo tipo de verdes y marrones cubrían una amplia gama de contrastes, que crecían bajo un mundo de fantasía formado por nubes que flotaban en un cielo de un azul precioso. Esto nos llevó a comentar la belleza que nos rodeaba, la pena que nos daba que muchísimos lugares como este estén echados a perder en Camboya porque están llenos de basura, cuánto echábamos de menos estar en espacios limpios y la sensación de necesidad de estar en uno un ratito largo que teníamos las dos.

De repente, cuando estábamos cruzando la media mañana, la carretera se volvió un camino lleno de baches que tenía todas las características malas de una ruta ciclista: polvo, barro, agujeros, cuestas arriba muy pronunciadas, una falta preocupante de sitios en los que comprar agua fresquita y un sol castigador, causante de un calor infrainfernal sin una puñetera sombra en la que resguardarse; así, sin pudor, todo junto, como si nos hubieran echado una maldición bien gorda.

Tratamos de convencernos de que no duraría para siempre… pero se quedó en otro deseo incumplido. Tras varios kilómetros pasando las de Caín, paramos a comer en el único restaurante que encontramos en horas, en medio de la nada. Pasamos ahí un par de horitas esperando que el sol perdiera un poco de fuerza y que nuestros cuerpos se recuperasen del meneíto eterno que estaban sufriendo en la carretera (los brazos y las manos nos dolían un montón de ir sujetando la bici con firmeza entre los baches). Si un gimnasio pijo recrease las condiciones que estábamos viviendo, podrían llamar a la clase bikram cross spinning, pero, como siempre, la realidad superaría la ficción (de lejos).

La tarde transcurrió entre paraditas cortas y trayectos largos bajo el calor y la noche nos pilló de camino al pueblo donde encontraríamos nuestra soñada guesthouse, pero, después de una hora rodando en la oscuridad, llegamos a Ou Pong Moan y… ¿lo adivináis? La primera gente a la que preguntamos nos dijo que en ese pueblo no tenían guesthouse… ¡no podíamos creérnoslo! Asumimos que a lo mejor no la conocían (a veces pasa, se quedan como en shock al ver a un extranjero y desconocen su pueblo), así que nos encaminamos hacia el mercado en busca de la respuesta definitiva. Era un mercado pequeño, situado en un cruce de carreteras, y preguntamos a una ancianita dónde estaba la guesthouse y… era definitivo ¡¡¡aquí no había guesthouse!!! ¡Imaginaos nuestras caras! La ancianita, que las estaba viendo en vivo y en directo, dijo enseguidísima que podíamos dormir con ella en su puesto en el mercado. Esta gran mujer nos causó un gran impacto: nos estaba ofreciendo literalmente todo lo que tenía y no pudimos rechazarlo.

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Así que, tres minutos después, ahí estábamos, duchándonos a cacitos de agua que trajo el hijo de Ponly, nuestra anfitriona, encima de un palé en medio del mercado y, cinco minutos más tarde, estábamos sentadas disfrutando un riquísimo pomelo y preguntándonos si dormiríamos en lo alto del montón de basura que había a nuestra derecha, o en la cama-mesa de 1,5m x 1,8m del puesto de Ponly con los otros cuatro miembros de la familia. Los mosquitos nos picaban en nuestros conmovidos cuerpos mientras cada vez más gente nos rodeaba para escuchar la historia de nuestro viaje en nuestro khmer macarrónico.

En un momento dado, el hijo y la nuera nos abandonaron y Ponly decidió que no confiaba en la estructura de su puesto para soportar nuestro peso, así que colgó dos hamacas para ella y su nieto, que pasaron la noche colgados a nuestro alrededor, y nos cedió su cama-mesa, donde, por fin, nos acostamos y nos las apañamos para dormir de vez en cuando en una noche plena en entretenimientos para los sentidos: las luces encendidas (el puesto de Ponly abría 24horas), un festival de olores y sonidos del mercado y, coronando la jugada, un señor tormentón a partir de medianoche. Una vez más, estábamos viviendo el apasionante mundo de los contrastes en Camboya y nuestros sentimientos de gratitud por haber dado con la persona más generosa del mundo, se fundían con sentimientos de odio hacia cada cosita que obstaculizaba nuestro sueño. Una vez que todo lo que nos impedía dormir como dios manda había hecho su aparición, conseguimos descansar hasta las primeras luces de la mañana. Ciertamente no era lo que habíamos planeado para hoy, pero así es la vida, llena de sorpresas maravillosas si la miras con buenos ojos.

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Date: May 17 Skills: ON WHEELS, the route

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